Hablamos del amor todo el tiempo. Lo cantamos, lo prometemos, lo buscamos. Pero
pocas veces nos detenemos a preguntar qué es realmente, y de dónde viene. La
Biblia no lo trata como una emoción que va y viene, sino como algo mucho más
profundo: la naturaleza misma de Dios.
El amor no es lo que Dios hace, es lo que Dios es
Juan lo dice sin rodeos:
Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama,
es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios;
porque Dios es amor. — 1 Juan 4:7-8
Fíjate en la frase final: no dice que Dios tiene amor, dice que Dios es
amor. El amor no es una de sus muchas cualidades; es el centro de quién es Él.
Por eso, cuando amamos de verdad, estamos reflejando algo de su carácter.
Un amor que se define por la entrega
El mundo suele medir el amor por lo que recibe. La Biblia lo mide por lo que da:
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito. — Juan 3:16
El amor de Dios no espera a que seamos dignos. Se adelanta. Se entrega primero.
Y nos llama a amar de la misma forma:
-
Sin condiciones, como recibimos nosotros la gracia.
-
Sin llevar cuentas, perdonando como fuimos perdonados.
-
Sin reservas, dando lo mejor y no lo que nos sobra.
Cómo se ve este amor en la práctica
Pablo lo describe con una claridad que desarma. No habla de sentimientos, sino
de decisiones diarias:
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es
jactancioso, no se envanece. — 1 Corintios 13:4
Amar así no es natural; es sobrenatural. Nace de Dios y crece en nosotros cuando
permanecemos cerca de Él. No es algo que producimos con esfuerzo, sino fruto de
una relación viva con quien es la fuente del amor.
Una invitación
Si el amor nace de Dios, entonces amar mejor empieza por conocerle más. No se
trata de apretar los dientes y esforzarnos por sentir algo, sino de acercarnos a
la fuente y dejar que ella nos transforme.
Que esta semana podamos amar no desde nuestras fuerzas, sino desde lo que ya
recibimos: un amor que nos buscó primero, que se entregó sin medida, y que sigue
naciendo en cada corazón que se abre a Él.